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América Latina en la sombra del coronavirus

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El número de personas infectadas sigue aumentando lentamente entre el Río Grande y Tierra del Fuego, pero una mirada a Europa muestra lo que le espera a este continente y a su gente, pero de manera amplificada, ya que las vulnerabilidades y las capacidades son profundamente distintas.

Los países de América Latina adoptan medidas preventivas al momento de entrar a la pandemia, algunas de ellas drásticas; mucho antes que en la fase inicial del coronavirus en Europa.

Los toques de queda al inicio empezaron por la tarde durando hasta la madrugada, ahora ya de 24 horas, fronteras terrestres cerradas, con vuelos internacionales suspendidos, cierre de las iglesias, las salas de cine, colegios y universidades.

Sin embargo, la situación de partida de América Latina y probablemente en el Sur Global ante esta crisis civilizatoria es diferente a la del Norte Global.

Miguel Lago, director del Instituto de Estudios para Políticas de Salud, IEPS, con sede en Río de Janeiro ha advertido que la región latinoamericana podría convertirse en la mayor víctima del coronavirus.[1] 

En América Latina, el 70% de la población económicamente activa se desempeña en el sector informal, viviendo de la mano a la boca. Los toques de queda no han tomado en cuenta este hecho, porque la gran mayoría de la gente no tiene ahorros, para aguantar ni siquiera por un corto tiempo de no trabajar saliendo a las calles, trabajando como vendedores ambulantes o como jornaleros en la obra o en otro lugar para obtener sus ingresos para la alimentación de sí mismas y sus familias.

Muchas personas se ven ante la disyuntiva de aceptar una cuarentena voluntaria pasando hambre o de exponerse al riesgo de infectarse trabajando para asegurar mínimamente su supervivencia material.

La situación de los hospitales y la infraestructura de salud pública no son ni remotamente comparable a la de Europa, que tampoco da abasto. En el caso de Alemania con 83 millones de habitantes se tiene 28.000 camas de hospital para cuidados intensivos que incluye la respiración artificial.

En Bolivia, 11 millones de personas tendrán que compartir 252 camas para el tratamiento de la infección por coronavirus; por el momento hay 35 camas disponibles para casos graves.

El cuadro final será inevitablemente que sólo aquellas personas, quienes pueden pagar, tendrán acceso a respiración artificial cuando es de vida o muerte - no sólo en Bolivia sino en el Sur Global. Así algunas personas tengan posibilidades de pagar no habrá capacidad sanitaria para atender si no se controla la expansión de la pandemia.

Pese a que Alemania por el momento pertenece al grupo de países con más casos de coronavirus, la tasa de letalidad (0.4%)[2] es significativamente menor al de los otros países como Italia (tasa de letalidad 9,2%)[3]. Se evidencian las ventajas comparativas que tienen países como Alemania para atender una crisis global como la actual frente a las condiciones de precariedad y de riesgo de la mayoría de los sistemas y economías de América Latina y del Sur Global.

Este escenario nos plantea asuntos estructurales que se evidencian en nuestros sistemas de salud, las brechas de desigualdad en acceso a los servicios y productos básicos que garanticen el bienestar de la población.

También podemos reflexionar sobre asuntos más soslayados pero que también inciden en la propagación y letalidad del virus. Una hipótesis posible es que mientras en países como Alemania las personas se alimentan mejor, la posibilidad de permanecer en sus casas, sin tener la necesidad perentoria de producir el diario para alimentarse o pagar los servicios básicos; en nuestros países es una constante en incremento, que pone a la población entre la discusión de la infección o el trabajo informal, a sabiendas que el resultado será el mismo, la enfermedad o en el peor de los casos la muerte.

Mientras que en la UE se están desplegando paracaídas de rescate por valor de miles de millones de Euros, para al menos amortiguar lo peor para los trabajadores, pero sobre todo para la economía, todos los países de América Latina carecen de esta posibilidad.

En el Perú, se está estableciendo actualmente un subsidio solidario que proporcionará algo más de 100 euros mensuales a las familias cuya supervivencia depende del sector informal. En Bolivia y en todo el continente latinoamericano, las escuelas, universidades, etc. están cerradas. Para muchos niños de la escuela primaria, esto significa que no hay comidas escolares, que son esenciales para ellos. Niños y jóvenes de los sectores más pobres y vulnerables no tienen la posibilidad de acceso a plataformas virtuales. En Colombia, 96% de municipios no podrán implementar clases virtuales en colegios oficiales y muchas familias no tienen con quien dejar los hijos.

La lógica de la economía de mercado muestra su perversidad y el estado de vulnerabilidad en la que permanece buena parte de la población económicamente activa.

En muchos países se ha negociado con los bancos comerciales para lograr prorrogas en el pago de préstamos. Pero no se evidencian respuestas estructurales que pongan a los dueños reales de los capitales a invertir y paliar la crisis. Se hace un llamado a las comunidades locales, a la solidaridad, para “compartir con los otros” el escaso o mínimo recurso con los que cuentan, mientras que los grandes actores del sistema económico no plantean aportes que contribuyan a resolver esta situación. Por supuesto que es necesario ser solidarios, pero en tanto quienes son dueños reales del capital no aporten y contribuyan a superar esta situación, serán soluciones que solo reproducen la precariedad. El obispo de Quibdó – Colombia, Mons. Juan Carlos Barreto indica que no se trata de un asunto de limosnas, sino que quienes ganaron astronómicamente deberían asumir con generosidad la iniciativa de contribuir con el costo de la actual crisis.[4]      Algunas iniciativas van apareciendo en esta dirección, pero todavía muy incipientes, por ejemplo, en Bogotá – Colombia se ha iniciado con el experimento de un fondo común multiactor y también con la iniciativa del sector empresarial.

Varios países están tomando algunas medidas para amortiguar las consecuencias de la pandemia en el plano económico; el problema principal de estas medidas es que quedan cortas por presupuestos ínfimos para emergencias. Hay decretos que buscan proteger a familias morosas en el pago de su alquiler o de servicios básicos ante el desalojo y corte de servicios, en algunos casos también ante despedidos. No hay condiciones para mucho más.

El grado de vulnerabilidad económica de la gran mayoría de las personas, causado por las enormes desigualdades de América Latina, se está haciendo visible ahora – y no hay narrativa que logre suavizar este cuadro.

El desafío en este escenario de crisis, es superar la lógica económica, esto no se trata de bonos, o salvaguardas para poder impedir el desaceleramiento económico, de salvar las economías de los países, se trata de proteger la vida, la dignificación de la vida de millones de personas vulnerables, de sacar a esta población de su condición de vulnerabilidad y con ello construir sociedades seguras y justas.

A la sombra de la cobertura mediática, completamente poseída por la pandemia del Coronavirus y a espaldas de la sociedad civil, asustada y con preocupación desenfrenada, hay mucho movimiento.

En las capitales de 20 de los 27 estados de Brasil, la gente ha empezado a protestar - no en las calles, porque esto está prohibido; la gente está haciendo visible en sus ventanas su disgusto con el manejo, absolutamente irresponsable, de la pandemia por parte del Presidente Bolsonaro.

En Bolivia, el Gobierno Interino, probablemente al unísono con la agroindustria, está tratando de lograr la legalización para una nueva variedad de soja transgénica. El objetivo parece ser transformar las más de 4 millones de hectáreas de bosques, victimadas por los devastadores incendios forestales – en buena parte provocados por intereses económicos perversos, en un nuevo campo gigante de soya.

En Honduras el gobierno aprovecha el toque de queda para detener a mujeres y hombres líderes de movimientos sociales. Militares realizan allanamientos en domicilios bajo el pretexto de sospecha de personas positivas al coronavirus. Defensores de derechos humanos indicando desde las redes sociales las condiciones de hacinamiento e insalubridad de personas albergadas en cuarentena por el coronavirus son el blanco de las amenazas.

En Guatemala, la policía aplica protocolos de seguridad en torno a la cuarentena para observar a personas “incomodas”. Estos protocolos son de completo desconocimiento del sector público de salud de este país.

En Pacto – Ecuador la mega-minería entró en acción, desde que entró en vigencia el toque de queda, dinamita e incrementa la explotación, contando para aquello con la venia del gobierno nacional. Productores campesinos para transportar sus cosechas a los mercados han sido detenidos por circular sin permiso cuando los decretos de emergencia prevén justamente la libre circulación de quienes garantizan el abastecimiento de la población con víveres.      

Resumiendo, hay que constatar que se están llevando a cabo iniciativas legislativas para introducir políticas en desmedro de la naturaleza y del ya frágil equilibrio social.  A la vez hay una ola de persecución bajo el pretexto del coronavirus y su pandemia a organizaciones y sus líderes, críticos a los actuales políticas públicas.

En Colombia el asesinato de líderes sociales no para. Solamente en la última semana (marzo 15-21) han sido asesinados cuatro líderes sociales representativos y defensores del territorio. El movimiento social ambiental ha tenido que hacer una presión para que no se tomen decisiones a espaldas de la ciudadanía en este tiempo, que no se convoque audiencias y se suspendan los procesos de licenciamiento a multinacionales que tiene proyectos extractivistas como de oro en el Páramo de Santurbán. En la reconfiguración del conflicto armado, para la lucha por el control de territorio no hay cuarentena que valga. Esta lucha por el territorio también se refleja en el recrudecimiento de los enfrentamientos entre actores armados ilegales: comunidades étnicas en confinamiento y personas desplazadas. Amotinamientos de presos en las cárceles con muertos y heridos por temor al contagio debido a las condiciones de hacinamiento y falta de atención médica.

En un escenario de alta precariedad y crisis si no hay respuestas efectivas y claras por parte de los gobiernos y es probable que la situación de violencia pueda incrementarse y que se exprese en situaciones como por ejemplo de saqueos.

La pandemia ha tomado el control, pero aparentemente no para todos. Hay grupos y sectores dentro de varios gobiernos latinoamericanos quienes abusan de las medidas como el toque de queda para oprimir de forma ilegal a opiniones críticas.          

Esta crisis pone en evidencia la debilidad del mentado Estado de Bienestar en la región, que ha dejado de lado, la salud, la educación, el empleo digno y los servicios sociales básicos, contribuyendo a la generación de profundas brechas sociales, de vulnerabilidades de la mayoría de la población.

La peor condición para el coronavirus es la pobreza, el hambre, la informalidad, múltiples miserias humanas, que hoy se visibilizan, y que el modelo y la lógica de acumulación desmedida reproduce. Estas miserias, que el modelo ha ocultado hoy nos alcanzan y nos dan duras lecciones, en especial sobre la fragilidad de la vida, ante la inseguridad sanitaria, social y sistémica. No solo se trata del colapso del sistema sanitario, esta es una muestra de la debilidad y el colapso del sistema de vida humano, que no puede sobrepasar las leyes de la naturaleza, los principios básicos de convivencia planetaria.

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La posibilidad de aprender de esta situación extrema

Optemos por comprender la actual amenaza civilizatoria como una oportunidad histórica para repensar las cosas y elegir otro camino.

Nos sorprenderemos cuando la crisis termine, escribe el futurólogo Matthias Horx.

Que esto suceda realmente depende de todos nosotros, autovalorando la capacidad de transformación de resiliencia del ser humano, pero la única ruta es enfrentando las causas generadoras de la crisis sistémica.

La pregunta es si somos capaces de ver las causas estructurales que están originando la pandemia y somos capaces de hacer de esta crisis, una oportunidad para romper finalmente con este sendero llamado “desarrollo”.   

Hay científicos quienes ven una vinculación directa entre la pandemia del coronavirus con lo que ha ocurrido en los últimos decenios, de explotación y depredación de las bases naturales y sociales, incluida la manipulación genética, en nombre del progreso y el desarrollo, sin comprender suficientemente que ello ha provocado desequilibrios cada vez mayores en los ecosistemas.   

Estos ecosistemas, que se están alterando cada vez más, causado por el comportamiento humano en el planeta, por el Antropoceno, por lo visto se están haciendo sentir de una manera que antes era inimaginable para todos nosotros.

Desde hace tiempo que se hablaba de la alta probabilidad de una pandemia. Parecido como en el caso de la gripe aviar donde se responsabilizaba a aves migratorias, la culpabilidad para el coronavirus se encuentra desde la lectura oficial en el reino animal. El caldo ideal para el surgimiento de nuevos virus, sin embargo, se encuentra más bien en granjas industriales con uso excesivo de antibióticos y una densidad enorme de animales en espacio muy reducido.  

Desde ya se puede constatar que el costo social y económico causado por la pandemia del coronavirus es muy alto. La probabilidad de otras pandemias existe. La capacidad de reaccionar ante estas situaciones extremas, de por si reflejando las tremendas desigualdades globales va a desmoronarse paulatinamente.   

La pandemia no nos dejará ninguna opción, al menos no por el momento para optar por caminos nuevos.

Si el virus corona virus ha sido vencido o si logramos vivir en coexistencia, siempre y cuando la tecnología, visiblemente tocando sus límites actualmente, nos permita coexistir, tendremos que responder una vez más a la pregunta de si los paradigmas que han sido válidos o seguidos hasta ahora pueden todavía señalar el camino a seguir.

La pandemia debería o, por lo menos podría ser comprendida como prueba de que no podemos seguir por el mismo camino. La consecuencia lógica sería superar los paradigmas que guían el actual modelo del desarrollo convencional.

Tendremos que repensarnos como humanos, tendremos que cuestionar nuestra creencia en la tecnología y el progreso.

Están surgiendo nuevas formas de solidaridad, de actuar y de pensar en el bien común, ver y pensarnos en comunidad antes que individuo; todo esto emergente o redescubierta en esta crisis.

Se trata de una oportunidad, comprender la crisis actual como el inicio de transformaciones y transiciones paradigmáticas, pendientes desde hace mucho tiempo, para abrir la puerta hacia un futuro con un futuro.

Así como la pandemia nos está golpeando globalmente, sólo podremos enfrentar el desafío de este Gran Transformación juntos, en un solo mundo.

Parece que hemos llegado a este punto                  

Entender que dependemos de lo que hacen los otros ahora que está en peligro no las condiciones de vida, sino la vida misma, nos ayuda a hacer un tránsito nuevamente a pensar y valorar lo colectivo ya que actualmente el modelo económico y de sociedad tiene de mayor pilar la individualidad. Esta crisis nos debe llevar a repensarnos como comunidad, como colectivo, como humanidad, porque es la única forma de enfrentar la pandemia.

Tal vez sea la oportunidad para ver esta racionalidad del modelo capitalista depredador que se ha posicionado como modelo de sociedad puede cambiar, de manera sencilla si lo que estamos viviendo en estos momentos es la solidaridad; es la comprensión de la sociedad desigual e injusta que hemos construido, la educación y la salud tan distantes de ser las pertinentes para mantener la humanidad, en fin, abandonar el paradigma del crecimiento como algo sin fin.

Sin duda alguna esta crisis global nos deja en evidencia la fragilidad de este sistema global y la necesidad de repensar y resignificar la forma en cómo vivimos, cómo nos relacionamos, cómo consumimos, qué es importante para nosotros, circular nuestros saberes, conocimientos y capacidad resiliente para el bien común.

Quizá es una respuesta tangible que en la actual situación deja de ser un ideal y el discurso de unos cuantos, y se puede constituir en la estrategia de vida de muchas comunidades. El mensaje es claro, no podemos seguir en la misma dirección. Nuestra apuesta por una vida transformadora, colectiva, recíproca y solidaria en y desde los territorios, puede convertirse en nuestra herramienta más poderosa, creativa y sostenible para superar esta crisis. ¿Qué necesitamos para volver a ese origen? Quizá esta pandemia sea una excusa y oportunidad para dar voz y razón a aquellos que por tantos años vienen apostando y construyendo alternativas al desarrollo y de vida.

 

(Documento preliminar Grupo RESONANCIA, con integrantes de Honduras, Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Brasil y Alemania 27/3/20)  

Foto: David Flores

 

[2] https://www.fundeu.es/recomendacion/tasa-de-mortalidad-y-tasa-de-letalidad-diferencia/

[3] https://www.fundeu.es/recomendacion/tasa-de-mortalidad-y-tasa-de-letalidad-diferencia/

[4] https://www.elespectador.com/colombia2020/opinion/no-es-un-asunto-de-limosnas-columna-910983

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